La pandemia del coronavirus -COVID-19- está marcando a fuego este
tiempo que vivimos, porque claramente ya no es un problema de China, o de los
países europeos que tienen una población con una gran proporción de adultos
mayores, sino que ya está esparcido por todo el mundo, y en particular en medio nuestro.
De un tiempo a esta parte hemos tenido que cambiar radicalmente
nuestros hábitos de vida, con todas las medidas sanitarias, que van desde
cuestiones muy básicas como la higiene, hasta disposiciones de aislamiento
social -para evitar contagiar y contagiarnos-, y que afectan en mayor o menor
medida nuestras actividades.
Esta situación nos plantea muchos desafíos, en todos los ámbitos
de nuestra vida, tal vez el principal desafío radica en buscar la manera de
cumplir con todas las medidas sanitarias dispuestas, ya que esto forma parte de
nuestra responsabilidad para contribuir a reducir el impacto de la pandemia;
pero hacerlo adaptándonos a los cambios a fin minimizar su impacto en nuestra
vida cotidiana, para que todo pueda transcurrir de la mejor manera posible.
Tal vez en otro momento hubiera finalizado el párrafo anterior
expresando algo así como "que todo pueda transcurrir dentro la mayor
normalidad posible", pero a esta altura de los acontecimientos, resulta
difícil referirnos a la "normalidad"; ya que nos lleva a plantearnos
qué queremos decir cuando hablamos de normalidad, y eso nos llevaría a otra
reflexión, que creo que podría compartir en otra nota posterior.
Volviendo al tema de los desafíos y a tratar de que todo pueda
transcurrir de la mejor manera posible en el contexto actual, tal vez podamos
hablar de armonía, no sólo en el sentido del equilibrio, la proporción y la
correspondencia entre los diferentes aspectos de nuestra vida y de nuestras
actividades, sino también en el de nuestra relación con cada uno de
esos aspectos, y cómo logramos asumirlos y llevarnos adelante.
Probablemente el desafío de la armonía sea mayor en nuestra relación con los demás, comenzando por los más cercanos con quienes
compartimos la cuarentena y el aislamiento, que nos genera más oportunidades
de compartir, pero también algunos roces por el mayor tiempo compartido y
por las circunstancias de este tiempo.
Esto se extiende también a nuestra relación con quienes
interactuamos a mayor o menor distancia, en forma real o virtual durante este
tiempo, y que atraviesan problemáticas similares con diferente intensidad,
lo cual crea tensiones.
Y finalmente a nuestra relación con quienes tal vez pueden están
más lejanos físicamente, pero que están siendo muy afectados en este tiempo,
desde diferentes aspectos, en sus necesidades físicas y también espirituales, y en como respondemos en forma concreta y práctica a estas situaciones, con sentido de pertenencia, correponsabilidad y solidaridad.
Este tiempo nos desafía a vivir en armonía con nosotros mismos,
con nuestras actividades, pero sobre todo en nuestra relación con los demás,
los más cercanos, y los más lejanos, que se puedan traducir en acciones concretas.

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