domingo, 29 de septiembre de 2019

Compartiendo la vida - Tecnologia y aprendizajes (II)


Dando continuidad a algunas reflexiones sobre tecnología, en esta oportunidad me voy a referir a los cambios que experimentamos en nuestra vida cotidiana a través de la tecnología y que en definitiva constituyen oportunidades.

La denominada transformación digital representa un cambio cultural significativo para nuestro tiempo, y que está marcado claramente por la innovación, que nos lleva a plantearnos un cambio en la forma de ver, de analizar, de resolver las situaciones que se nos presentan al punto que podemos decir que se trata de una cuestión mental.

Para las generaciones más jóvenes que nacieron en esta época digital -sin ánimo de poner una etiqueta a cada generación como suele hacerse- este proceso de transformación es algo que forma parte de su experiencia y en general lo asumen como algo muy natural y cotidiano, algo que no los sorprende, que forma parte de la realidad; sobre todo porque no han vivido la época anterior, y eso hace que no tengan un punto de comparación.

Para quienes nacimos antes de esta época digital, el proceso de transformación nos ha sorprendido en diferentes etapas de la vida, más o menos avanzada, y que al traer un bagaje de experiencias anteriores –aún cuando sean de la infancia–, implica la necesidad de emprender la adaptación al cambio, de alguna manera a subirnos al tren de la innovación que pasa en un camino sin retorno.

Esto significa incorporarnos a un proceso que nos llevará a sucesivamente a aprender, desaprender y reaprender, de alguna manera podemos decir que esta adaptación al cambio significa un aprendizaje permanente y dinámico.

Este proceso de aprendizaje es de alguna manera una invitación a ser parte del cambio, a salir de nuestra zona de confort, asumiendo el cambio como algo propio; como una forma de supervivencia.

Si miramos en perspectiva algunos de los cambios, estos implican, por una parte la simplificación de algunos procesos complejos a los que nos habíamos acostumbrado, poniéndolos más al alcance nuestra mano; y por otra, ante un mundo muy masificado, también permiten generar soluciones más personalizadas, más disponibles.

Tal vez esto de la disponibilidad, es uno de los cambios más grandes, también en el sentido de que la la ubicación geográfica ya no es tan determinante, la tecnología hace que todo quede más disperso, pero donde lo decisivo es poder acceder, poder conectarnos, poder disponibilizar.

Para comprobarlo, y sin hacer referencia a soluciones concretas, podemos pensar en cómo han cambiado en este último tiempo no sólo el sector de las comunicaciones, que es el primero que nos viene a la mente; sino también los sectores de la información, el entretenimiento, la movilidad, la gastronomía, la comercialización de productos y servicios, y una larga lista.

Aprender, desaprender y reaprender, como proceso de aprendizaje y adaptación al desafío del cambio tecnológico.

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domingo, 22 de septiembre de 2019

Compartiendo la vida - El asado

Compartiendo en familia sobre las publicaciones en mi blog, surgió la idea de escribir sobre una de las cosas que me apasiona, hacer asado (carne a la parrilla o barbacoa); tomé la idea, sin saber si era un tema para escribir y publicar, hasta que decidí profundizar un poco más en el tema, y surgieron estas líneas -como diría mi mamá-.

Recuerdo que en mi casa y en la de mis tíos y abuelos, se hacía asado en cada acontecimiento familiar y casi todos los fines de semana, por lo que es para mí una tradición familiar arraigada, y que continúa en el tiempo; afortunadamente no sólo es una tradición familiar, sino que también es una costumbre autóctona tanto de mi tierra de origen -Argentina-, como de la tierra adoptiva que hemos elegido para vivir -Paraguay-.

De muy chico siempre acompañé a mi papá en esta tarea, y en mi afán de colaborar, hasta llegué a agarrar con la mano las brasas encendidas caídas de la parrilla, con las consecuencias lógicas que tuve que afrontar, pero que afortunadamente no pasaron a mayores, y tampoco me alejaron de la parrilla.

Ya siendo estudiante universitario, comencé a incursionar por iniciativa propia, y continué aprendiendo mientras hacía, incorporando algunas técnicas y también experimentando diferentes tipos de parrillas; ya que no sé si por mi destreza, pero si por mi disponibilidad, siempre me invitaban a hacer asado, aún en otros grupos con los que no estaba muy vinculado, y eso generó muchas oportunidades de crear nuevos vínculos. 

Siempre me gustó observar y así fui aprendiendo, tratando de tomar las mejores prácticas de los que más sabían, incorporando nuevas experiencias, y de esa manera fui desarrollando en el tiempo un estilo propio, original -que continúa evolucionando-; al punto que siempre soñé con diseñar mi propia parrilla, sueño que pude concretar cuando construimos nuestra casa.

Cada vez que tengo la posibilidad de hacer asado, disfruto especialmente cada momento. Es como un ritual -que tiene sus pasos y sus tiempos que hay que respetar-, en el que importa tanto el resultado final como cada parte del proceso: preparar los elementos, encender el fuego, preparar la parrilla, disponer lo que voy a cocinar en la parrilla, asegurarme de tener fuego necesario para todo el proceso, seguir la cocción para lograr el punto deseado, y una vez cocinado, servirlo personalmente; para luego limpiar la parrilla y guardar los elementos.

Y en este proceso hay algo que es fundamental, y que complementa y da sentido a ese ritual, y que es compartir con la familia o con los amigos esos momentos junto a la parrilla -tal vez con un poco de calor, o en algún momento con un poco de humo, o llevándose el aroma al asado en la ropa-; y mucho mejor si esos momentos compartidos van acompañados de una cerveza, una copa de vino o algún trago.

Estas son oportunidades inigualables de compartir la vida, de intercambiar inquietudes y pensamientos, de conocernos mutuamente; y esto es algo que disfruto muchísimo; y que me da mucha satisfacción.

Hacer asado es mucho más que cocinar, es disfrutar y compartir en familia y con amigos.

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lunes, 9 de septiembre de 2019

Compartiendo la vida - Conocer y aprender

Como suele sucedernos a los padres, vamos aprendiendo y conociendo siguiendo a nuestros hijos, ya sea en sus actividades educativas, deportivas, artísticas, laborales; y en nuestro caso, podemos decir que también vamos aprendiendo y conociendo acompañando sus procesos de migración.

En esta oportunidad esto de seguir a nuestros hijos nos llevó a conocer Ciudad de México, una ciudad y un país que no habíamos tenido la oportunidad de conocer aún.

Nuestro viaje tenía como objetivo principal encontrarnos con nuestra hija y su novio, conocer el lugar donde viven, el lugar donde trabajan y realizan sus actividades, sus amigos, el entorno en el que se mueven; de todas maneras sabíamos que más allá de esto, también era la posibilidad de conocer la ciudad y el país donde viven.

En la semana que compartimos, que pasó más rápido de lo que imaginamos, pudimos aprovechar para ir poniéndonos al día mutuamente, compartir vivencias y acontecimientos con ellos y con sus amigos, recordar anécdotas familiares, divertirnos con juegos de mesa -actividad muy propia de nuestra familia-, recorrer la ciudad y sus alrededores.

En estos días, nuestras recorridas nos llevaron a conocer lugares históricos, culturales y religiosos, a través de los cuales pudimos adentrarnos un poco en la historia, en la cultura y en las tradiciones; y en particular en la gastronomía propia del lugar, experimentando los diferentes sabores, aunque no llegamos a probar los más "picosos".

Afortunadamente el idioma no era un inconveniente, aunque como sucede en cada país de habla hispana, a pesar de compartir el mismo idioma, las palabras no tienen el mismo significado, que además está influenciado por el idioma nativo de cada región; y tiene su acento propio, no sólo en el país, sino también en cada región. 

Aprendimos palabras y sobre todo expresiones nuevas, muy propias del lugar, que en casi tres años nuestra hija fue incorporando, y asimilando como propias; y eso no sucede sólo con las palabras y las expresiones, sino también con las costumbres del lugar, que también forman parte de su vida cotidiana.

Si bien disfrutamos mucho estos días, nos quedamos con la sensación de que nos quedó mucho por compartir, por recorrer, por conocer, por aprender, por experimentar; esto significa de alguna manera que tenemos que volver en algún tiempo para seguir conociendo y aprendiendo.

Seguramente siguiendo a nuestros hijos migrantes, tendremos la oportunidad de visitar otros lugares, conociendo y aprendiendo de su historia, su cultura y sus tradiciones.

Acompañar a nuestros hijos nos lleva a enriquecernos, conociendo y aprendiendo junto ellos.

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lunes, 2 de septiembre de 2019

Compartiendo la vida - Migrantes

En esto de compartir la vida hace un tiempo publiqué algunas reflexiones sobre nuestra experiencia de migración hace más de 28 años y como en este tiempo fuimos descubriendo que Paraguay es nuestro lugar en el mundo.

Como sucede muchas veces, las historias se van repitiendo y así como la mayoría de nuestros abuelos y bisabuelos fueron migrantes, viniendo desde distintos lugares de Europa, hace algunos años fuimos nosotros, y ahora son nuestros hijos.

Esto no nos sorprendió, ya que en cierta forma van siguiendo los pasos; e independientemente de cómo se fueron dando estos procesos de migración de nuestros hijos, tratamos de ir acompañándolos en la medida de nuestras posibilidades.


Hace casi tres años nuestra hija mayor, Gisse se fue a México, al principio por un tiempo, pero el tiempo fue pasando, y allí se fue arraigando, tratando de ir abriéndose camino, poniendo todo su empeño para buscar oportunidades y superar dificultades. 


Son casi tres años de asumir desafíos, de hacer experiencias, de tratar de aprender a crecer, e ir armando su vida allí, acompañada por su novio Luis, que es de México.


Nuestro segundo hijo, Santi, se fue a estudiar a La Plata, Argentina y al cabo de 5 años y cuando sólo le faltaba la tesis, decidieron junto con su novia Mica, casarse, concretando su proyecto de vida en común después de más de 6 años de novios, e instalarse en Buenos Aires, Argentina; asumiendo los desafíos de esa nueva etapa en sus vidas.

Pero su migración no termina allí, la búsqueda de oportunidades de especializarse en sus profesiones -cine y piano-, los llevará a migrar nuevamente, volviendo de alguna manera a sus raíces; no sabemos por cuánto tiempo, pero seguramente continuarán migrando.

Analizando los procesos de migración de cada una de las generaciones, seguramente podremos encontrar diferencias y similitudes, en el contexto en que se dieron los mismos, los motivos que dieron origen a las migraciones, y como se fueron desarrollando en el tiempo.

Probablemente la motivación común sea la búsqueda de oportunidades, de un futuro mejor. En el caso de nuestros abuelos y bisabuelos, algunos tratando de escapar de la crisis en Europa, y en el caso nuestro y de nuestros hijos, sin la presión de la crisis pero compartiendo esa motivación común; y también compartiendo la acogida en los países a los que migramos.


Esto también nos lleva a reflexionar en el fenómeno de la migración en general, en el que muchas veces son migraciones masivas, que tienen su origen en crisis económicas, sociales y políticas, en persecuciones por diferentes motivos; y en el que también se enfrentan a la dificultad de la acogida en los países de destino.

En un mundo cada vez más globalizado -a pesar de algunos intentos de construir barreras en lugar de puentes-, en el que cada vez las fronteras son más abiertas -o deberían serlo-, en la que la tecnología nos ayuda a superar las distancias, tenemos el desafío de ir construyendo entre todos un mundo más integrado.

En definitiva, vamos buscando nuestro lugar en el mundo, un lugar donde nos "hallemos" (sentirnos bien en el lugar donde estamos).


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