En una publicación anterior, haciendo referencia al impacto de los cambios de hábitos derivados de la pandemia y de las diferentes medidas adoptadas a fin poder controlar su expansión, hice referencia a cómo nos vamos adaptando para que todo transcurra de la mejor manera posible; y a continuación hice un comentario en referencia a que resulta difícil referirnos a la "normalidad", dejando para otra nota posterior mis reflexiones al respecto, que ahora comparto.
Cuando hablamos de la normalidad, en general lo hacemos para referirnos a lo que es normal, y lo aplicamos en forma indistinta tanto a lo que es natural, como a lo que es habitual u ordinario, también a lo que se hace siguiendo algunas normas, que sirven de referencia, o a ciertas costumbres que se van generando y transmitiendo en el tiempo; e inclusive a ciertas modas o estilos de vida que se van estableciendo, muchas veces sin que nos demos cuenta.
Vivimos, pensamos y actuamos dentro de esa normalidad, sin ser plenamente concientes de cómo se fue originando, y probablemente mucho menos de su significado más profundo, ni de sus implicancias en nuestra vida y en nuestro entorno.
Es posible que esto pueda sucedernos porque se ha ido incorporando lenta y progresivamente como parte integrante de nuestra rutina, de nuestra vida cotidiana, y se ha ido arraigando de tal manera, que -en general- no nos planteamos siquiera cuestionarla.
Este es uno de los desafíos de nuestro tiempo, y a la vez una oportunidad para ser artífices del cambio, para ser protagonistas; aunque nos demande un gran esfuerzo.
Este tiempo de nos exige claridad de ideas para saber a dónde queremos llegar, y luego audacia, compromiso y protagonismo para poder concretarlo.
lmdp-ap-22-04-19
Esto me recuerda al cuento de la rana -que muchos conocerán- y que dice más o menos así: Había una vez una rana que decidió saltar un día a una olla de
agua, como el agua estaba hirviendo, al instante pegó un salto para salir y escapar de ella. Lo que
le dijo su instinto fue que se salvara, así que no esperó. Pero en cambio un buen día se encontró otra olla de agua, como el agua estaba fría, la rana saltó dentro y nadó por sus frescas aguas. Lo que la rana ignoraba es que el agua se estaba calentando poco a
poco. Al poco tiempo, el agua fría se fue templando lentamente, y la
rana se fue acostumbrando. Sin embargo, gradualmente, la temperatura del
agua fue subiendo de nuevo. Tanto subió que llegó a abrasar a la rana
que, sin darse apenas cuenta, murió de calor.
Puede sucedernos que no nos demos cuenta de cómo va cambiando nuestro entorno, porque ese cambio suele ser imperceptible; y es difícil reaccionar, salvo cuando -como en esta ocasión de la pandemia- tenemos la oportunidad de ver en perspectiva la realidad en la que vivíamos hasta hace unas semanas, y analizarla con sentido crítico.
Por eso mi reflexión inicial en el sentido de que resulta
difícil referirnos a la "normalidad"', no sólo porque esta
pandemia está generando un proceso de cambio en nuestra forma de vivir,
de pensar, de actuar, que sin lugar a dudas va a alterar esa
"normalidad", no sólo en forma temporal, sino en muchos casos en forma
definitiva; sino también porque es tiempo de hacer una mirada crítica profunda, desde lo personal, lo familiar, lo comunitario, lo social, desde todos los ámbitos, y a partir de allí hacernos el replanteo de cuál es la normalidad que queremos, luego de superar esta crisis, y por supuesto a partir de allí ponernos en marcha, para concretarlo con audacia y compromiso.
Este es uno de los desafíos de nuestro tiempo, y a la vez una oportunidad para ser artífices del cambio, para ser protagonistas; aunque nos demande un gran esfuerzo.
Este tiempo de nos exige claridad de ideas para saber a dónde queremos llegar, y luego audacia, compromiso y protagonismo para poder concretarlo.
lmdp-ap-22-04-19

No hay comentarios:
Publicar un comentario