Seguimos
viviendo en este tiempo de pandemia que se va prolongando, y en el que en mayor
o menor medida vamos asumiendo el aislamiento y el distanciamiento social
físico como parte de nuestra vida cotidiana -al menos temporalmente-; y a la
vez van creciendo exponencialmente las vinculaciones y actividades virtuales,
con sus ventajas y desventajas.
Esta
situación que vivimos ha trastocado significativamente nuestra forma de vida, y
exige de cada uno de nosotros realizar un proceso de permanente adaptación a
estos cambios en los diferentes aspectos de nuestra vida, en nuestros
diferentes roles y actividades, en el ámbito familiar, religioso, social,
laboral.
En
estos más de dos meses fui compartiendo mis reflexiones en torno a este tiempo
que estamos viviendo, desde diferentes perspectivas, abordando diferentes
situaciones, compartiendo también algunas experiencias y vivencias en
particular.
Estas
reflexiones tienen un denominador común, que pasa por identificar en esta
situación que vivimos un desafío a superar y a la vez una oportunidad que no
podemos ni debemos dejar pasar, rescatando lo positivo en medio de las dificultades
que a veces parece que nos superan y nos desaniman.
A
través de cada reflexión pretendo transmitir una mirada de esperanza, que no es
lo mismo que una mirada optimista, que cree que todo va a salir bien, sino una
mirada que tiene la certeza de que lo que pasa tiene un sentido,
independientemente del resultado; y allí es donde está el desafío, en tener
puesta la mirada un poco más allá de las circunstancias difíciles que se nos
presentan, más allá de nuestras seguridades, y en medio de nuestras
limitaciones.
Puede
inspirarnos esa definición de esperanza atribuida a un filósofo: "La
esperanza es el sueño del hombre despierto"; tal vez a partir de esta
definición podemos plantearnos desarrollar esa capacidad de soñar aquello que
ni siquiera podemos imaginar, abrir nuevos horizontes, sin tener miedo a la
realidad y sus contradicciones, entrando en la oscuridad de un futuro incierto,
en búsqueda de la luz.
La
esperanza nos impulsa a mirar la vida con una actitud positiva, a esperar con
paciencia, pero una espera activa que nos moviliza, que nos lleva a ser
perseverantes, a seguir adelante confiados, en medio de las dificultades; transmitiendo esa esperanza a quienes nos rodean en los diferentes ámbitos.
Para
los que somos creyentes nuestra esperanza no está fundada sólo en lo que
podemos ser, hacer o creer, sino que tiene su fundamento en nuestra fe en el
poder, la bondad y el amor de Dios que nos lleva a esperar contra toda
esperanza, y esta esperanza no decepciona.
Este
tiempo de pandemia es una invitación a vivir y transmitir la esperanza, que nos permite
afrontar las dificultades con una actitud activa, paciente y confiada.
lmdp-ap-170520
Gracias Antonio por las reflexiones
ResponderEliminarGracias Mabe. Saludos
EliminarEn realidad , no sé cómo será vivir la Esperanza sin Fe .Eso .No lo sé ni puedo imaginarlo .Y sin Amor, no se puede vivir realmente ..
ResponderEliminarSiento lo mismo Mabe ... por eso mi comentario al final sobre la fe como fundamento de la esperanza ... y sin duda el amor es el que le da concresión ... Gracias por tu reflexión ... Saludos
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