Dando
continuidad a dos publicaciones anteriores, sobre el compromiso social y el bien común, las cuales guardan
relación entre sí; en esta oportunidad quiero referirme a un elemento común a
ambas: la solidaridad, como manifestación de voluntad y actitud de vida.
Conceptualmente
podemos hablar de la solidaridad, como la adhesión a la causa de otros, ya sea
en forma circunstancial o más permanente; pero este concepto tiene que
convertirse en acciones concretas, tiene que pasar por la vida, hacerse vida
para que la solidaridad sea efectiva, y no solo algo de lo que hablamos.
La
solidaridad tiene que ver fundamentalmente con interesarnos por el otro,
ponernos en su lugar, brindarle apoyo, ayuda, hacerle saber que me interesa lo
que le pasa, sobre todo en situaciones difíciles, tendiéndole una mano que le
posibilite salir adelante, como expresión de mi interés y responsabilidad por
el otro, por el bien común; y por otra parte tiene que ver con
comprometernos con los desafíos que nos presenta la realidad, abriéndonos
a las necesidades de los demás, poniéndonos en su lugar y pasando a la acción.
En este
último tiempo nuestra región -América Latina- está cada vez más convulsionada,
en lo social, en lo político, en lo económico, situación que se va
multiplicando y expandiendo en cada país con características propias, con
diferencias en sus orígenes, en su desarrollo, en sus efectos; cada uno con sus
matices propios, y con exteriorizaciones que en algunos casos significan
excesos o violencia, que si bien no puede justificarse en ningún caso, ni de
ninguna manera, es un llamado de atención, que debe llevarnos a reflexionar, no
sólo sobre las causas, sino sobre todo sobre las soluciones, y en el futuro.
Y esa
reflexión, me lleva a hacerme un planteo desde la perspectiva de la
solidaridad, no como concepto, como idea, como una respuesta más política o
social -que es importante y necesaria, pero muchas veces excede lo que podemos hacer-, sino como algo concreto
que tiene que transformarse en acción.
El desafío es
que esa transformación en acción no se limite a algunas acciones solidarias
puntuales -que son sumamente importantes y necesarias, y no pueden ser dejadas
de lado-, sino que pueda transformar el estilo de vida, lo que hacemos y cómo
lo hacemos, en los diferentes ámbitos de nuestra vida personal, familiar,
social, laboral, la forma de vincularnos con los demás, en cómo nos interesamos
realmente por el otro, poniéndonos en su lugar, en lo cotidiano.
El desafío es
que la solidaridad transforme nuestra vida cotidiana para poder transformar
nuestra sociedad.
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