Haciendo una mirada retrospectiva a mi historia personal, puedo decir que mi vida ha estado signada entre otras cosas por los viajes, y esa característica se ha mantenido en el tiempo, abarcando desde hace algunos años a mi matrimonio y mi familia.
Durante mi infancia, viajábamos casi mensualmente desde mi ciudad natal Coronel Suárez a visitar a mis abuelos maternos y la familia de mi mamá a la ciudad de Tandil distante unos 300 km., y casi con la misma frecuencia a Bahía Blanca distante unos 200 km. a visitar a mi abuela paterna y posterior a su fallecimiento a la familia de mi papá o por razones laborales de papá. Estos viajes se mantuvieron prácticamente hasta que terminé mis estudios secundarios, con lo cual concluyó una etapa intensa de viajes, en los que puedo decir que aprendí a viajar, a entretenerme junto a mis hermanos durante los viajes; y también en los últimos años a disfrutarlos de otra manera, ya que eran parte del entrenamiento de conducción, y puedo decir que prácticamente aprendí a conducir en la ruta.
Durante los casi 5 años de mis estudios universitarios, en Bahía Blanca, continué viajando al menos una vez a Coronel Suárez, esta vez mi situación de estudiante universitario, me llevó a viajar a muchas veces a dedo, esperando que alguien se compadeciera y me llevara, con bastante éxito; siendo la segunda opción el tren y en última instancia el bus, que era más costoso; todas estas experiencias fueron muy interesantes, si bien no soy muy sociable, tuve muchas oportunidades de compartir en estos viajes.
Cuando terminé los estudios universitarios, mis obligaciones laborales me llevaron a viajar semanalmente entre Coronel Suárez y Bahía Blanca, en general lo hacía en bus, pero si lo perdía tenía que viajar a dedo, y algunas veces en auto cuando conseguía alguien que viajaba, también lo hice en un auto que me habían prestado. Esta etapa de viajes tenía algo especial, en Bahía Blanca estudiaba mi novia, y viajar era la oportunidad de poder encontrarme con ella, y muchas veces acompañarla desde Bahía Blanca a su ciudad natal, Coronel Dorrego, a una distancia de unos 100 km. Tiempo muy especial de vivencias y experiencias, en los que comenzamos a ir compartiendo nuestra vida entre viaje y viaje ... viajando.
Al cabo de un año de vida laboral y de noviazgo, decidimos casarnos, e irnos a vivir a Asunción, Paraguay, un poco más lejos, a unos 1.700 km. de distancia de nuestras ciudades de origen, con lo cual desde el comienzo de nuestra vida matrimonial y luego familiar, viajamos al menos una vez al año a visitar a nuestras familias; a medida que fue creciendo la familia, fue cambiando la dinámica de nuestros viajes, que fueron siempre una oportunidad de compartir, de conversar, de divertirnos, de pasarla bien.
Realmente nuestros hijos siempre se han portado muy bien en los viajes -más allá de algún berrinche- y han aprendido a disfrutar de los viajes en familia, tanto que muchísimas de nuestras anécdotas familiares están relacionadas con los viajes, con las cosas que hemos hecho, los juegos originales, las canciones inventadas, el conjunto musical de hermanos, los inventos de mamá, los problemas matemáticos de papá; y fuimos pasando por las etapas en que nos atendíamos a nuestros hijos en cada parada, a las etapas en que nuestros hijos mayores atendían a sus hermanos menores.
Seguramente seguiremos viajando mucho tiempo, ya que nuestra pertenencia al Instituto de Familias, nuestras actividades apostólicas como educadores, y mi trabajo actual también nos llevan a viajar periódicamente; y vamos intercambiado entre el auto, el bus y el avión, experiencias distintas, que siempre se renuevan, pero a las que hay que ponerles el espíritu de viajeros.
Esta situación de estar viajando con mucha frecuencia, me ayuda a tener esa percepción de sentirme un poco ciudadano del mundo y no de un lugar determinado, y también a sentirme de alguna manera un peregrino en este mundo, entre viaje y viaje ... Viajando.
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